viernes, 29 de abril de 2011

La postguerra y la mina

En el año 41 mi madre me echaba dos pares de higos que eran así: [::] cuadrados, con 4 piñones pelados, ya por esa fecha venían envueltos en plástico. Y otro día un kilo de boniatos en una fiambrera de lata para comerme el torrezno y la poquita morcilla, pero como eso era berza alimentaba poco. Cuando menos los boniatos.

A nosotros lo que nos faltó mucho el pan, pero otros lo pasaron bastante peor, hasta el punto de morir de hambre.

A mí y a mi padre nos salían unas borbojas muy pequeñas entre las piernas y en los brazos, tenían como un agüilla, que a las cuatro de la mañana tuvimos que levantarnos a echarnos agua en el culo y en los brazos, así nos aliviaba.

Y entonces vino mi madre a ver a Don Marcelino[1], y les mandó un bote que decía SARNICOL, y daba olor a Zotal[2].

Cuando salimos de la casa de la Huerta estaba un camión blindado en la cañada que está frente al bar del Encanto, y 3 hombres muertos debajo del camión, que allí a donde está la alcantarilla allí los enterraron. Y en la curva grande antes de entrar en los eucaliptos del Mopli a donde está la plaza de toros que hizo allí el Cabral, una viajera también tumbada. Luego, en la curva, por encima de la casa de la Huerta, había 3 hombres para avisar a los que estaban en el cruce del pantano. Y decían: “Coche de Traslasierra”, “Coches de Salbochea”, que ese nombre les pusieron a El Campillo, y “Coches de Zalamea”, para que se prepararan para registrarlos, por si traían bombas o armamento. Bueno, porque de allí se divisaban todos estos puntos. Y un día le oímos decir a uno: “Ay madre, qué cara nos va a salir la encina de aquí arriba”, porque allí había un encinar , no sabemos el riesgo que les correría.

También os digo que si algún día váis al castillete que está en lo alto de la Sierra del Arenal, que pegado al que está puesto están los 4 hierros del que arrancaron la noche del 24 de agosto del 36.

Bueno, otra cosa que tampoco era agradable. Estaba mi hermano guardando las ovejas de los medios de la Huerta para abajo, cuando llegan 3 falanjes con los fusiles colgados al hombro, y le dicen a mi hermano “Niño, ¿y tu padre?” “Allá arriba está regando la planta” “Pues dile que baje que nos tenemos que llevar las ovejas”. Y se las llevaron, 28 gordas y nuevas y tuvo que traerlas al pilar de la fuente que decían que eran para carne para las fuerzas. Luego fueron a parar al Mojón Gordo. Lo que teníamos para poder comer, se las quitaron a Ferrer, al Huerta y a Antonio el de la Saturnina. A éste le mataron un hijo de 18 años. Mientras tanto la iglesia ardiendo, San Vicente, La Pastora y El Sepulcro. Creo que el que se salvó fue San Blas. En fin, lo más horroroso de la vida.

Yo muchas mañanas estaba despierto, porque como se acostaba uno a las 8 o por ahí, y sentía los tiros en el cementerio de El Campillo y el de Zalamea, que a esa hora era cuando los fusilaban. Una madrugada siguió el Tarugo a uno, que así se llamaba el perro, por la Sierra del Arenal, y eso fue que se escaparía del camión que los llevaba para matarlos.

Bueno, un día iba para la escuela a la aldea más contento que unas castañuelas, con una pelota de trapo que yo había hecho en la Huerta. Un trapo amarrado con cuerdas. Pero iba ya llegando a donde termina la cuesta, le meto una patada a la pelota, pero no fue así porque en vez de darle la patada a la pelota fue a una piedra. La alpargata, que estaba rota por la punta, y el dedo gordo del pie sufrió las consecuencias, porque se despegó la uña de la carne y hacía frío. Pasé una mañana en la escuela entre el dolor y el frío. Yo creo que desde entonces le cogí odio al fútbol. Bueno pero ya el dolor se ha quitado.

Otro día estaba con las ovejas en la cañada por bajo del bar Encanto, y sonaba la tormenta allá para El Villar muy remota, pero mi hermana, que la oye, me dice “Santiago, yo me voy para la Huerta que a mí me da mucho miedo”, y me dejó solito y ella se fue a la compañía de mis padres, que estaban en la Huerta y yo me las tenía que tragar todas.

Luego en el recreo me dio un compañero una hostia que me dejó el oído zumbando, pero se lo dije a la madre y se lo metió entre las piernas con el culo para alante, y se quita una alpargata de suela de goma y le dio un sobeo... Bueno, que yo le decía “Ana, no le pegue usted más. Si sé eso no se lo digo”.

A un hermano de ese que me dio la guantada un día cogí al carnero por el rabo, se vuelve y le da un trompazo y da con la cabeza en un risco. Estuvo casi media hora sin entrar en sí. Hubo que ir a por Don Marcelino y no pasó nada.

Bueno vamos a empezar por otro tema. Donde se quedaban las bestias había 2 maderos de una parte a otra metidos en unos mechinales, que eso son 2 ventanitas así, y allí iban las puntas metidas y aquello lo teníamos lleno de heno para las bestias. Luego el pajar lleno de paja posterior una habitacion con doblao y suelo de tierra, y el tabique que tenía del pajar a la habitación era de adoves porque no había dinero para comprar ladrillos. Ya casado teníamos una cama de banco, y un día se me ocurrió gastarle una broma a tu madre. Se me ocurrió meterle una sidra debajo de la sábana, pero como abultaba mucho la muy pillina se dio cuenta, así que no salió el juego como yo quería.

Luego teníamos una gata que como comíamos los cinco en una mesa bajita para comer al pie de la candela y el pan en una cesta de caña, y la gata venga a pasearse entre nosotros, y un día metió el rabo en el plato y dice mi hermana, que tendría unos 14 años “Ésta ya no mete más el rabo en el plato”. Cogió un cuchillo y adiós rabo. Se lo cortó.

Luego cuando sentíamos el avión nos metíamos los 3 bajo la cama. Los mayores no porque no se podían doblar como nosotros. Todos los colchones se los echaban a una sola cama. Había 3 camas: la de mi hermana, la de mis padres y yo con mi hermano mayor. Yo ahora lo pienso, qué ignorancia más grande tenían nuestros padres, si allí cae una bomba la misma detonación nos revienta. Para qué esconderse debajo de la cama, porque a mí me dijo un viejo que no había cosa más atrevida que la ignorancia.

Voy a esto. Una vez tenía yo un motor en marcha que andaba con gasoil. Yo como no tenía cables de electricidad se me ocurre ponerle un dedo en la bujía. Me soltó una descarga que casi me abienta al charcón.

Ahora voy a empezar otra vez cuando era pequeñito. Resulta que como yo me crié con mis padres y mis hermanos pues no había visto nada de afuera, y por una Noche Buena pasaron allí los sobrinos de mis padres la noche y un compadre de él que también lo mataron en el 36. Se llamaba Antonio. Era el padrino de mi hermana. Claro, como era muy chico resulta que me quedaba dormido muy temprano y claro, mientras yo dormido habían llegado y me tenían una de cante de Padre y Señor Nuestro. Pues ahí te quiero ver al jabatino al ver como aquellos estaban unos con el almirez, otros con una botella de cristal rizado pasándole el cabo de una cuchara para arriba y para abajo, y otros las palmas y empecé a llorar de rabia porque aquello no era para mí. Yo to se volvía decir que se vayan de mi casa, pero me acuerdo que mi madre me acurrucaba sobre su pecho echándome el mantón de randa por encima, y así me callaba y ellos seguían la fiesta. Otras veces que iban gentes con niños a la Huerta empezaba a llorar y mi padre me dijo una vez “Anda jodío hurón, a la cueva”, porque es que me metía en la habitación de adentro y de allí yo mismo me decía “Hurón, a la cueva, que no quiero aquí en mi casa a nadie”, pero mi padre tenía disgusto conmigo por esas cosas.

Pero con los 6 años fui a la escuela y se me quitó ese miedo que yo tenía tan terrible.

Ya empezamos a jugar a piola, a los bolinches, las chiquillas al mundo, que todos esos eran juegos. Mis bolinches eran hechos de un cacho de ladrillo macizo; los refregaba sobre una piedra hasta ponerlos redondos y otras las porras que crían los alcornoques. No sé si sabéis lo que son unas porrillas que crían entre las ramas. Luego con barro pipote los hacíamos y los metíamos en la candela para que se cocieran, y con carmines les dábamos para pintarlos. No había dinero.

En el año 41 me levanto para salir como siempre con el ganado. Era el 15 de febrero y estaba la mañana con mucha niebla y un jarineo un poco fuerte. Pues nada, tomo mi café con leche de oveja y rebanadas para empezar la jornada y hacía mucho viento. Yo siempre tenía reservadas unas cercas o cercados para esos días tan infernales, así que me mantuve hasta la 1 del mediodía. La comida de la mochila me la comí allí a la candela y a la una y media la solté, salgo para la cerca que se llama El Calvario, cojo el barranco arriba y el viento iba apretando. Salté la carretera y la vía, que la cerca estaba por debajo de los cambios de la vía que venía de la concepción. Me pongo a tirar del tronco de una encina y el tronco me empujaba hacia fuera. Entonces no fiándome mucho me voy detrás de la pared. Allí las ovejas se acordonaron todas detrás de ella, pero uno de los corderillos iba detrás de su madre. Yo veía que se tumbaban y me dio a mí risa, así que me senté en una piedra toda mojada con el capote por encima del sombrero, y venga agua y viento. Las piedras que estaban encima de la pared, que eran como puños, a ésas le daba el viento un soplo y al suelo. Cuando levanté la cabeza por debajo de la cerca había un huerto con una higuera bien gorda y estaba arrancada. Luego en aquellas cercas alcornoques bien grandes también arrancados de patilla. En fin, cuando aflojó el viento un poco me fui para Traslasierra, que allí me esperaba un primo mío que se llamaba Eulogio para ayudarme a coger en las huertas de mi tío Pablo algunos retazos que no estaban sembrados. me acuerdo que de una encina muy gorda que estaba caída en la cerca de mi abuelo se quiso llevar una rama para su casa. Se la puso en el hombro y salió disparado. Él la quería tirar pero el viento era tan fuerte que se le apretaba sobre el cuello y no era capaz de tirarla. Aquel hombre iba como loco, daba unos pasos de 3 metros. Cuando vengo de Traslasierra para la Huerta, en la cerca que está por detrás de la casa, encinas y alcornoques caídos. En fin, una cosa mala. El mejor olivo que daba 3 fanegas de aceitunas también lo arrancó. La veleta de la torre de Zalamea la puso para otro lado y se llevó unos cuantos años así torcida para un lado, hasta que vinieron unos hombres de Sevilla y la pusieron bien.

Me fui a la mina con 30 años porque yo con mis padres ganaba 5 pts y la comida para los 2, pero tuve que comprarle a la niña el pelargon y me costaba 27’35, y yo ganaba 5 pts. Así que todos los días quedaba empeñado en esa demasía. Bueno y al año y medio me viene el otro de camino así que me fui a la mina, pero allí se ganaba 18 pts y los vales eran muy chicos, así que por donde quiera que tirara me cogía el toro.

Me fui a la mina el 25 de abril del 55, y en mayo me dio el dolor de la piedra del riñón. Eso es malísimo. Te entra ganas de orinar y de ensuciar, vómitos, y nada de eso puedes hacer. Lo único que te alivia son cosas calientes, como una plancha o una bolsa de agua caliente. Yo cuando estaba en Traslasierra, 10 que estuve 14 meses, estuve tomando la hierba de la piedra. Me la tomaba sin azúcar porque decían que con azúcar no hacía tanto efecto y estaba muy áspera. Me tenía que levantar a las 4 de la mañana y tomarla en ayunas. La estuve tomando 14 meses. Ya tenía el estómago levantado de mala que estaba.

Bueno pues después a coger el tren a El Campillo hasta El Valle, luego de El Valle hasta Alfredo andando. Nos cogía el viento por aquellos llanos que nos barría los paraguas. Había pocos, pero allí se quedaban la mitad, todos rotos. Luego subieron 18 hasta 36, el doble. No había un chozo que no cupiera una familia dentro. Vaya ya mejor la cosa. Pero lo mismo que venían se iban, porque aquello, el zafreo, el relleno y la ventilación era pan con sangre y no estaba acostumbra a esa vida.

Yo estuve 27 años en contramina, y el demás tiempo en patiño, en el concentrador. Allí en la limpieza, pero había mucho polvo y muy malos olores. Así que me quedé en casa con los 58 años, 7 años antes de mi jubilación. Ya llevo 19 años en casa, lo que otros pobrecitos no han estado. Ni 2 meses me daban 100.400 pts, pero sin pagas. Luego pasé al estatuto del minero y me quedaban 84.000 y las 2 pagas, y ha ido subiendo todos los años, que ahora gano 155.000.

Así que hoy he criado a Sampedro, a Arsenio y a Santiago, 3 hijos maravillosos. El Arsenio echó la 1ª peonada en la panificadora de Zalamea, limpiando los hornos, que salía de tizne que no lo conocía ni su madre. Luego se fue a repartir butano con José el cartero aquí en Zalamea, El Campillo y Los Cantos de Riotinto. Eso ya era más pesado, pero ya iba él un poquito más mayor.

Bueno cuando cayeron la bomba en El Campillo estaba yo debajo de un naranjo de la Huerta y oí la explosión. Luego quemaron varias casas. Una de las bombas mató a una mujer con una niña de pecho en los brazos. Los de la cárcel, uno de ellos rompió con la cabeza las tablas del tejado y por allí se escapó, y sino muere allí también. Y uno que tenía una panadería que se llamaba Juan Vicente Pérez, hermano de mi tío Santiago Pérez, el marido de mi tía Sampedro, la hermana de mi padre. Pues a ese Juan Vicente lo dejaron cojo de la metralla de una bomba. Así que la sepultura que está en todo el medio del pasillo cuando se entra de frente allí es.

Cuando me casé me fui a vivir a una casa que está frente a la ermita. La puerta da al norte. Lo que tenía una cocina, el cuerpo de casa y una habitación grande y un buen doblao, lo cual que a la chimenea se le salía todo el humo, tenía un poyo de anafe con 2 anafes y al otro lado otro poyo y en el centro de la chimenea eso todo. En Traslasierra allí nació mi Arsenio, mi María Sampedro en la Huerta y el Santi en casa de mi cuñada Dolores, en la calle Manovel nº 32.

Uno de los tantos días iba yo tan tranquilo leyendo un libro, pero las ovejas iban delante de mí cuando meten las patas en un avispero terreno, que esas hacen el panal debajo de la tierra y son peores que las otras avispas. Tienen mucho más veneno, pero se me vienen unas cuantas a la cabeza y yo con el libro sacudiéndome y me tuve que meter en una mancha de zarguarzos. A que me vi libres de ellas. No me picaron ninguna, pero vaya rato que pasé.

Bueno luego yo desde que venía de la mina iba a echar 4 horas a la huerta de Don Antonio Pérez, el suegro de Don Ricardo, y mi Arsenio tenía muchas ganas de bañarse en la alberca, hasta que un día me lo llevé y a la charca pato. El agua no le llegaba hasta la tetilla, pero qué ocurre, que el fondo tenía el suelo resbaladizo, se cae y salió asustadito. Yo estaba allí por si acaso ocurría algo, y yo creo que le da miedo de lavarse hasta en la bañera. Eso con 7 u 8 añillos.

Luego otro día me lo llevé a la mimbrera, al huerto del tío Primitivo. Era en verano y allí, en una cama de pajones, nos quedamos los 3 y allí en el pozo del huerto le cogí un galápago y le puse un cubo encima. Cuando fuimos se había escapado.

Bueno aquella mañana me levanté muy temprano para juntar una carga de leña para guisar, porque el butano no existía. Y yo de lo alto de la Sierra Blanca lo estaba viendo acostado, porque en el huerto había 2 pozos y no me fiaba de él. La Sierra Blanca es de la colora más alta, de aquí de casa se ve.

Una vez tenía dos conejos y en la huerta de un mozo, me dijo el mozo que fuera por hierba allí, que con eso le limpiaba aquello. Pero un día me se encajo allí uno que era enorme, me cogió por una muñeca y en la otra mano tenía una azada, y menos mal que estaba allí el que me dio permiso. Empezó a hablar en su lenguaje y ya me soltó, pero yo no pase miedo como pa seguir.

………..

Luego venían aquí a las cercas del puerto conejero, y 3 o 4 hombres bareando las encinas, y haber quién era el guapo que le decía nada, porque estaban enmayaitos.

Estuvo la mina parada 6 meses y a los niños de los obreros se los llevaban para Sevilla, Huelva, hasta Londres he oído yo decir que fueron algunos.

En el 14 hubo otra huelga, pero no fue como la del 20.

Yo eso no lo conocí, porque yo nací en el 26 el 7 de octubre y vine para que me pasaran todos esos casos que os he contado en renglones anteriores. Pero mira, no fue culpa mía.

Cuando me casé me quedé con mis padres haciendo las labores del campo, y mi mujer conmigo, pero al cabo del tiempo me tuve que ir a la mina, que eso en aquellos tiempo era pan con sangre.

Los capataces eran unos herejes, pero al cabo del tiempo la mina se mecanizó y ya variaba mucho.

Como se ganaba tan poco pues mi mujer me echaba en una olla pequeña la comida de arroz y patatas, pero cuando se enfriaba la cuchara que estaba metida en la olla estirabas para arriba y te traías la olla en peso, porque había poco dinero para comprar chorizo y queso.

En fin, de todo se fue saliendo.

Mi padre murió en el 66 a los 72 años, y mi madre murió el 3 de marzo a los 85 años menos 2 días.

Estuve trabajando tres años y medio con Don Antonio Pérez, uno que tenía un comercio de ropa. Luego con Eraclio, el del cine en la finca de los picotes. Eso después de venir de la mina.

Me iba a las 8 y me venía a las 12, según los relevos, porque yo tenía 3 relevos por la mañana a las 2, y de noche echaba 4 horas. Si estaba por la tarde iba de 8 a 12, y si estaba de noche iba por la mañana como mejor me cogiera.

Luego fui una tarde a arrancar habas a la cerca de José Arena y seguí yendo, y estuve 15 años con él, pero allí lo mismo se sembraba planta que se descargaban camiones de cemento, baldosas, de terrazos, que de todo.

Vino un día uno con 500 sacos. Ese no pudo entrar en el garaje de largo que era, y hubo que descargarlo de la calle. Aquel día nos juntamos 5: 2 arriba y 3 abajo. Ahí empezaron a venir los Barreiros[3] con 220 sacos.

Luego cuando ya se empezó a ganar más dinero en la mina pues ya venían los trailers con 440 sacos, así que esos sí entraban en el garaje. Ahí uno arriba y 2 abajo.

Algunos días venían calientes de la fábrica, y entre el calor de los sacos y el calor de la uralita en el mes de julio no pasaba frió.

¿No vino un día uno con 1600 garrafas vacías? Las garrafas eran de 16 litros. Cogíamos 2 en cada mano. Éramos 3, pero vaya banquete que nos dio.

Un día vino uno de cañizo, porque como tantas obras había y el cañizo se usaba para los cielos rasos[4].

A lo primero tenía para repartir un mulo y un burro, pero con eso no podía servir a la gente. Compró un tractor y una furgoneta, y ya con eso tenía a los dos servidos, porque más cantidad y más rápidos para arar en la cerca se les ponía el arado, y a labrar la tierra para todo lo que se sembrara.

Un año sembró 1300 tomateras. Se les rociaron 2 o 3 camiones de estiércol, y luego se aró. Después yo hice los hoyos y le eché una palada de estiércol de cabra. Me acuerdo que sembré las tomateras el 15 de marzo, unas plantas maravillosas, y cuando ellas tomaron la tierra aquello se hizo un bosque. Luego se dejó venir un mes de abril y mayo lluvioso y fresco, que no me veas cómo se pusieron de fruto. Tomates muchos de 1 kg, y de medio, un sinfín.

A 2 tomateras cógeles una funda de las garrafas de 16 litros. Nos llevamos 2 hombres 2 horas y media y para los cochinos una desageración, y la mitad allí se pudrieron, porque decía el dueño que tenía más cuenta dejarlos allí que no pagarnos las horas, y eso que me pagaba a medio precio y los tomates estaban a 2 reales el kg.

Luego le sembré un cantero de pimientos morrones, y soltó aquello pimientos gordos y carnosos. Una cosa divina allí coger el carrillo y echarles coliflores a los cochinos de 4 y 5 kg, porque no se vendían.

Eso fue antes de criarse los árboles, los naranjos y los almendros amargos para injertar los melocotoneros.

Otra noche fui a ver a mi Nonilla[5], y estaba una noche de viento y agua, y para ir a la Huerta tenía que pasar la ribera, y si no, tenía que coger por el puente y sin capa ni paragua, que le dije a José Ortega:

- “Yo me voy a tu casa hasta que salga el día”

Mi padre se acuesta solo, y con él me quedé. Otro follón a los padres.

Me casé el 27 de agosto de 1953, y mi hija nació el 6 de julio en la huerta del barranco a las 3 de la tarde en la habitación de afuera.

Allí se encontraba mi suegra, mis padres, Doña Magdalena, la matrona, y al otro día estaba trillando una parva[6] de trigo en la Era del Frontón en Traslasierra, y vine a comer a la Huerta y me encontré con el caso.

Bueno, la cosa es que vino todo bien, y a las 6 de la tarde me fui con mi primo a limpiar la parva, porque como estaba acompañada pues yo no hacía allí falta para nada.

En el momento en que nació se le puso una chupa de un pañito blanco y les daba bien a la miel, eso con 1 hora de nacida. ¡Pronto hoy iba yo a consentir que lo hiciera eso hoy! ¡¿Y si le viene una hemorragia qué hace allí la matrona?!

Pero como lo más atrevido que hay es la ignorancia, pues eso fue, ¡así pronto hoy iba a ser así, con las de casos que yo he conocido en la vida!

Pero bueno, se les puede dar gracias a Dios que todo fue bien.

Luego otro día estaba yo durmiendo la siesta, y estaba durmiendo del lado izquierdo, y mi mujer traía la niña para echarla un poquito en la cama, cuando me dice:

- “¡Santiago, no te muevas!”,

pues le digo:

- “¿Qué pasa?”,

Dice:

- “¡Que pegado a ti hay un alacrán!”.

Menos mal que ella lo vio, sino me pone a la niña buena, porque en aquellos tiempos no había nada para calmar el dolor.

A mi hermano le picó uno, y como más alivio tenía era metiendo la mano en agua caliente, y ahí había muchos.

Luego le picó otro y se emborrachó, y mientras dura el alcohol, lo alivia.

Lo mejor que hay para que no duela es que no pique, pero como eso no es así, porque estamos en el mundo y tiene que pasar de todo…

Bueno y al año y medio de nacer mi hija nació mi hijo, en el año 1955. Este nació en la casa que mira a la puerta a la iglesia de Traslasierra.

Éste se llevó más tiempo para nacer; empezó la madre con los dolores a medio día y nació allá a las 10 de la noche el 10 de diciembre.

Yo tuve que venir aquí a Zalamea a decirle a Don Rafael[7] que me mandara algo para adelantar el parto, así que de Traslasierra a Zalamea eché 20 minutos de camino. Entonces tenía yo 30 años. Me vine por la calleja que está por encima de La Cerca de Don José, la que tiene hoy los eucaliptos.

En la edad de 7 años me lo llevo[8] a los picotes, que yo estaba allí trabajando con Eraclio, y fue en el mes de julio a las 4 de la tarde.

Él andaba por allí cerca de mí, yo estaba arrancando brezos y aulagas para ponerle una alambrada a la finca, cuando me viene diciendo que le habían dado mareos, pero que ya se les habían quitado.

Yo no me lo quería llevar, pero él me decía que aguantaba bien el calor.

Allí me llevé con él dos años. Hicimos un pilar y la cañada que está por delante de la casa, hicimos otro pozo, ese muy ancho, y una cuadra, para unos becerros que echó. La cañada también se cerró.

Allí me llevaban en el coche a las ocho e iban por mí a las doce, eso cuando iba a segundo relevo a la mina, y los domingos todo el día, porque antes se trabajaba todos los sábados, ¡que lastima no haber nacido unos añillos más adelante que el permiso en la mina era 12 días!, en fin nosotros nos hemos encontrado con todo lo malo.

Luego los veintisiete años que estuve en Contramina[9] y dos años y medio en Patiño[10] en el concentrador[11] limpiando todas aquellas cintas transportadoras.

En contramina me lastime un pie con un zorro[12], en vez de empujarlo, me puse a estirar de él, y el eje me lo monte encima de el talón, así que me relaje[13] el pie y tuve 8 días en el hospital. No me hacían nada.

Hoy a 31 de diciembre del 2002, después de haber hechos los quehaceres de la cocina, cojo el lápiz para contar cosas que me han ocurrido a mí a lo largo de mi vida.

Pues bien, estando yo viviendo en Traslasierra, todos los días subía al cabezo que estaba y está, por encima de la huerta; porque como venia del trabajo les daba yo una voz a mis padres, que estaban en la huerta, y ya me iba más tranquilo para mi casa; y cuando me sale una liebre de debajo de una abulaga[14], salgo a correr detrás de ella, unas veces cuesta arriba y otras cuesta abajo, era todavía pequeña y yo llevaba un pantalón de pana nueva y a la carrera me caí y le hice un 7 por la misma rodilla, las jaras estaban mojadas porque momentos antes había llovido así que no me lastime, pero la carrera seguía yo con la boina en la mano para tirársela, haber si la enredaba y se caía, pero ni por esas. La carrera continuaba hasta que por fin la cogí, me pongo a acariciarla, yo medio asfixiado, cuando oigo una voz que decía:

-“Suéltala y déjala para criar”

Y yo no veía a nadie, me repitió otra vez lo mismo y claro, estaban sentados y yo no los veía, pero ya se pusieron de pie y era la Guardia Civil, y como era tiempo de veda, pegue un liebrazo en el suelo, que ellos la vieran, ¡corría poco! el que no corría era yo. Al otro día fueron de servicio a la aldea y vieron a mi mujer, y le estuvieron contando todo lo ocurrido y entonces les dijo mi mujer que era para el niño que tenía siete u ocho años, así que me salió el tiro por la culata, como dice el refrán, todo no sale bien en este mundo.

Así que eso es lo que ocurrió ese día, un poquito de ejercicio no es malo ¿verdad?

Otro día iba de la huerta para Traslasierra con mi mujer, ella con el niño y yo con la niña, y al entrar en la calleja veo que venían siete hombres con una escalera en el hombro. Venía encima de la escalera un hombre tendido, era un viejo que se había emborrachado, y se había caído de la azotea que tiene el casino para el cercao[15], y como eran siete y no había para relevarse, me fui yo con ellos para Zalamea, a curarlo de un golpe en la cabeza. Cuando estamos aquí en Zalamea nos dijeron que aquí no se podía quedar, así que otra vez para la aldea. Lo cogimos y otra vez a la escalera y ¡tira pa´lante! Pero cuando llegamos al pantano nos alcanzo un camión cargado de tejas, lo paramos y le dijimos que si lo podía llevar hasta la calleja de la entrada a la aldea, dice el chofer:

-“Subid al herido y dos más para que lo agarren”

Pero cuando el camión arrancó se subieron dos o tres encima de las tejas, que muchas de ellas se partieron, y los demás nos fuimos andando hasta llegar a donde estaban los otros, en la calleja, para coger la escalera hasta su casa.

El hombre no era de la aldea, era forastero, pero había que hacer una obra de caridad.

Luego otro día, otro primo mío, también borracho, que venía del trabajo, se cayó en esos desagües que tiene la vía y se partió un labio. Lo llevamos en el caballo de mi primo a Zalamea. Aquel día vinieron dos conmigo; yo montado, y uno por cada lado sujetándolo por una pierna, y yo por el cuerpo, porque si no se caía. Así que cuando lo curaron, le dije yo a la mujer de él que arrendaran un coche, que yo no me comprometía a llevarlo para la aldea, así se hizo, porque lo mismo se iba para un lado que para otro, y yo me fui en el caballo.

Yo, como me ha gustado hacer bien, por eso me encontraba en estos fregaos.

Hoy mañana fresca de enero, como todos los días.

Resulta que en el mes de julio del 1969 me levanto a las cuatro y media en Traslasierra para ir a coger el tren en El Campillo, porque estaba al primer relevo, y cuando salimos de contramina estaba nublado. En fin me estuve duchando para irme para casa, y cuando nos apeamos del tren en El Campillo, sonaba la tormenta ahí para las ventas de Campofrío y la Reina de los Ángeles, y cada vez más cerca de la aldea. Me puse a comer pero mira, ¡le dio el viento un soplo al terraplén de la vía que iba a esas Minas de La Concepción, que yo no sé de donde pudo sacar tanto polvo!, porque todavía el agua no había llegado, pero no tardo mucho en llegar. Mira, ¡aquello fue tremendo!, se llevo media hora lloviendo y con granizos que eran como bolinches[16], salto el agua por encima de la carretera, no cabía el agua por la alcantarilla, por bajo de la aldea se llevo toda la planta de verano, arranco higueras, enterró pozos,… el colmo de la media.

Luego me contaron a mí que el Monico (eso es donde está el túnel que va a la Mina de La Concepción) había cogido los frenos gordos y los había retorcidos como cuando uno coge un rábano y le quita las hojas con la mano ¡ya vendría con mala leche esa tormenta!

Aquí en Zalamea en la Estación Vieja había un eucalipto que estaba emparvado de gorriones muertos, motivo a los granizos. Todo el que no estaba tapado con un palo o una hoja, palmaba.

¡Yo las he conocido buenas!

Como cuando se anegó la casa de mi vecina Brígida, que salía el agua por las ventanas porque la casa estaba cerrada, y menos mal que yo destape un tubo que estaba en la regata y ya el agua siguió la regata abajo, si no hoy hay más que lamentar.


Hoy a doce de enero, como siempre raso y luce el sol, pero frio, porque estamos en enero.

Una mañana suelto mis ovejas a las nueve de la mañana para echar el careo aquí por las callejas de Zalamea, estaba lloviendo, y yo con mi mochila, mi zamarra y mis zajones, hasta las seis de la tarde que no las encerraba ¡nueve horas a la intemperie! medio mojado y con mucho frio, con hambre y no poder comer porque las manos ni las podía abrir ni cerrar de frio que tenía, ni me podía abrochar los botones de la bragueta, y con la comida en la mochila, que me acuerdo de mi madre porque decía que que bonito era ver llover entre cristales, pero cuando le cae a uno encima ya no es lo mismo… y ella la pobrecita eso lo sabía, porque se llevo cuarenta años en las Plazas de El Campillo Riotinto y Zalamea.

Para ir a Riotinto tenía que salir de la Huerta a la seis y media, que para mañanas lloviendo era un buen sacrificio, y no solo era el camino, sino estar en la Plaza hasta las doce y media, para venirse a su casa. Algunas mañanas de mucho viento y mucho agua se dejaba para el otro día, pero si no se iba faltaba los cuartos que eso era lo peor.

En El Campillo entraba el viento por todos lados y en Riotinto igualmente, aquí en Zalamea era techado, pero lo que pasaba que en el invierno no se vendía aquí casi nada, era más bien para el verano, así que la pobre paso lo suyo para criarnos a nosotros.

Igual que me paso a mí para criar a los míos. Mi mujer con una compra grandísima a la cabeza del Campillo a Traslasierra porque en el Economato de Riotinto estaban las cosas más baratas, y en todos los pueblos de la Cuenca Minera había Economato.

Otro día estaba con un Encargado de jaula[17] de peón, para meter los Continos[18] en la jaula, y él se trajo un pimporro[19] de su casa para beber los dos. Cuando me empino el pimporro para beber me trague un poco, pero la encontré un gusto tan malo que lo rompimos, y tenía unos trozos de jabón de olor ¡pero vaya sabor tan malo que daba aquello, casi echo las tripas! y me dijo mi compañero que eso lo tenía en el corral y opinaba que los nietos le habrían metido el jabón. Eso me ocurrió en la Boca del Pozo Guillermo[20] en el 26 piso[21], ¡parece que estoy viendo a donde fui! …y ya han pasado 35 años, hay cosas que se quedan grabadas en la cabeza y no se olvidan jamás en la vida.


En el Departamento de Alfredo estuve yo veintisiete años y después me sacaron a la calle y estuve en Patiño treinta meses, y me echaron al concentrador donde más polvo había. Yo estaba en la línea del oro, en la limpieza, ¡pero ahí había mucho polvo!, allí como si estuvieras en contramina, porque allí se veía la luz de la calle y de allí a los cincuenta y ocho años me echan para casa con cien mil cuatrocientas pesetas, pero sin pagas.




[1] El médico

[2] Desinfectante de fuerte olor

[3] Marca de los camiones de la época

[4] Para la techumbre.

[5] Diminutivo cariñoso del apodo con el que llama la familia a la Nona, su esposa.

[6] Montón de trigo extendido de forma circular con las espigas hacia dentro, dispuesto así para su trillado.

[7] El médico

[8] Se refiere a su segundo hijo, Arsenio.

[9] Explotación minera de interior, bajo tierra.

[10] Explotación minera exterior, en corta, a cielo abierto.

[11] Planta de la Mina de Riotinto (la 04) en la que se muele el mineral con agua en molinos de bolas y barras, ya triturado previamente, y sale una pasta de concentrado de mineral, cobre por lo general.

[12] Vagoneta pequeña usada en mina de interior para portear los palos que se usaban para apuntalar.

[13] dañé

[14] aulaga

[15] Cercado: Huerto, prado u otro sitio rodeado de valla, tapia u otra cosa para su resguardo. (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

[16] canicas

[17] En la mina, la jaula formaba parte del malacate, un rudimentario ascensor para bajar a gran velocidad a los trabajadores de contramina, a la mina de interior, con una capacidad de unos 16 hombres.

[18] Vagoneta de hierro que iba por raíles y se usaba para el transporte del mineral

[19] Botijo

[20] Uno de los pozos por los que se bajaba a Contramina por el sistema del Malacate y la jaula, este estaba en el Departamento de Alfredo, en las Minas de Riotinto

[21] Se refiere a pisos de profundidad en la mina de Riotinto

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