domingo, 29 de abril de 2012

Prólogo

Teresa Rodríguez. "El Abuelo escribiendo". Óleo sobre lienzo de lino. 2004

Hoy vivimos en un mundo en el que la mayoría de las personas jóvenes se debaten sin saber que hacer con sus vidas, que estudiar, donde dirigirse, buscando complicadamente la felicidad. Como diría mi abuelo: “La ignorancia es muy atrevida”. Y así hoy parecemos ignorar que la felicidad no la dan las grandes cosas, sino las pequeñas de cada día, el disfrutar de cada momento; atreviéndonos a creer que en esta consumista sociedad hallaremos la felicidad en el dinero, la posición social, las posesiones o el poder.

Por eso es tan especial, porque mi abuelo es una persona limpia de corazón, de esos que ya quedan pocos, sin maldad. Yo siempre lo he visto como un hombre sencillo y a veces conformista, pero mientras crecía y maduraba me he dado cuenta de lo difícil que es en esta sociedad (y más habiendo vivido los tiempos de la guerra como otros tantos) el ser capaz de describir pasajes de su vida tan trágicos con ese humor y tranquilidad tan propios de él, tras lo que, con un gesto característico, encogiéndose de hombros a la vez que abre mucho los ojos, te dirá: “Bueno, que le vamos a hacer, así es la vida”. Resolviendo así historias de las que no puedes escapar, tan dramáticas como las de la guerra. Si todos aceptáramos así las cosas que no podemos cambiar, en lugar de estar dándole inútilmente vueltas a lo irremediable, ¿no viviríamos mejor?

No nos equivoquemos, en el libro se ve que sufrió por desgracia tantos golpes como otros muchos, pero no es eso lo que le hace especial, sino su manera de encajarlos y contarlos después, quitándole gravedad a lo malo y recordando lo bueno, y el estar dispuesto a aprender siempre de todo y todos. Sinceramente a sus 83 años sigue sintiendo curiosidad por la vida.

El detonante o culpable inicial de que este libro se produjera ha sido una persona que, no habiendo podido hacer con su vida todo lo que hubiera querido, tiene una curiosa manera de evitar que eso se repita en la vida de los que están a su alrededor, y como muestra un botón: a mí siempre me ha encantado dibujar más que nada en el mundo, de tal manera que la pintura para mi era algo extraordinario, pero algo en lo que no me atrevía a pensar muy en serio. Hoy soy Licenciada en Bellas Artes y estoy preparando el Doctorado. Gracias Santi, por aparecer esos Reyes con el caballete, los óleos los lienzos… y por decirme: “¡venga, a pintar!”. Mi tío Santi es el hijo menor de mi abuelo, es del tipo de personas que ven lo que quieres hacer y no te atreves o simplemente no puedes, y te dan el empujón y la confianza en ti mismo para que hagas lo que siempre has querido. A mi abuelo le encanta contar historias y chascarrillos y mi tío Santi fue el que le dio un cuaderno y un bolígrafo y le dijo: “Cuéntame tu vida, pero en vez de contarlo escríbelo, como te salga” Y así empezó todo.

Mi abuelo se crió en una huerta, fue pastor de niño, hortelano y luego minero de Riotinto (entre otros oficios debido a la necesidad del momento). Tuvo una vida difícil como correspondía a la época. También tuvo la suerte, como él dice, de aprender a escribir. Pero hay que decir que cada cosa que caía en sus manos de niño estando con las ovejas, la leía una y otra vez, hasta memorizarla, así ha sido siempre. Le encantan las coplas (cancioncillas populares, normalmente con moraleja o algo picantes) de las que hay dedicadas un capítulo, que no es más que la plasmación en papel de todas las que recordaba. Siempre diré que si hubiera podido estudiar sería magnífico en letras puras. Tiene una memoria prodigiosa, con datos y fechas, además de ese don de la gente que se ha criado en el campo, de pronosticar el tiempo, aunque cuando le preguntas has de hacerlo dos veces porque la primera siempre contestará: “¡Cucha!, como lo voy a saber” y tras mirar el cielo a la segunda te dirá: “Pues el tiempo va a cambiar, parece que mañana llueve”. No falla. Se hizo una agenda en la que escribía todo tipo de cambios climáticos con intensidad, fechados, tiempo de duración, tipo, etc. durante años, y lo increíble es que se acordaba, y al decírtelo te relacionaba el tiempo actual con el que hacía el año pasado o el anterior, o hace siete años.

Además de todo el saber de lo que hoy denominamos el “huerto ecológico”; hortalizas naturales, como él diría: “solo con estiércol y agua”, de lo que aún disfrutamos hoy.

Cuando empezamos a leer el manuscrito a la vez que lo escribía, le propusimos escribir un libro. No tenía orden, ni cronológico ni temático, pero yo me comprometí a dárselo, a separar la infancia de la guerra, de las coplas… porque él lo escribía tal como se le ocurre o se acuerda, de manera continua, yo no cambiaría nada de lo que el escribiera, solo ocuparme de la edición además de decirle que yo le ilustraría sus historias con dibujos de los sitios que yo conocía y él nombraba, o de lo que él describía en una historia.

Además le pedí que escribiera los cuentos que me contaba de pequeña. Para mí sigue viva la sensación de estar sentados al fresco en la casa le mi abuela y acercarme a mi abuelo pidiéndole: “Gordo… cuéntame el Cuento de la Pipita y la Hormiga… ” y él contarme ese y otros, que me encantaría conservar y poder contárselos a los hijos que llegue a tener, para que sientan eso tan especial que yo sentía cuando me quedaba totalmente embobada mientras que mi abuelo me contaba sus historias de esa manera tan especial, casi escenificándolas con sus gestos, siempre parecía que era la primera vez que me lo contaba.

Lo que quiero decir es que me siento afortunada por haber disfrutado de él en mi infancia, y por haberlo comprendido y haber aprendido de él como adulta. Todo ello con una lección de humildad, honradez y pureza de ser, que aunque a él no siempre se la hayan mostrado sus semejantes, él siempre la ha derrochado con los demás sin importarle nada más.

Gracias Gordo, porque has influido mucho en lo que hoy soy como persona, escribiendo esto espero que influyas en la existencia de más gente y compartir tu feliz visión de la vida, pase lo que pase en ella.

Te quiero Gordo.

Tu nieta.

Teresa Rodríguez