viernes, 29 de abril de 2011

La infancia en la Huerta del Barranco

Cuando tenía 14 meses me llevaron mis padres al campo, a la Huerta del Barranco y allí la casa no tenía nada más que el techo, los maderos, las tablas, las tejas y la puerta.

Bueno, pues aquí empieza mi historia.

Resulta que una noche estaba acostado con mi madre en un catre al pie de la candela, pero se rompieron los cordeles y los dos fuimos al suelo pero no nos lastimamos. Al otro día se arregló y “pa’lante”.

A los cinco años estaba sentado con mis padres a la candela y yo jugando con un palito encendido por la punta, hasta que una vez se me fue el cuerpo para delante y planté las manos en una candela de leña de encina, la más fuerte que hay.

Bueno pues ahora entran las curas a las manos. La medicina era agua de cal con aceite de oliva batido todo, así que se le quitaron tres o cuatro plumas al gallo de la cola y esa era la brocha. Luego me liaban unos trapitos blancos en las manos para que no se infectara, porque el pellejo salió todo andando, pero se curó.

Ahora vamos con el 3. Sobre la edad de 6 años fui andando de la Huerta al El campillo y allí había un practicante que se llamaba Don Juan Vallecillo, que cuando la Guerra Civil lo quemaron en la cárcel con 10 más (así que al grano) Mi padre me cogió por las piernas y otro hombre por los brazos, y él me sacó 2 muelas a dolor, y la segunda se le partió. Me la tuvo que sacar en 3 pedazos.

Bueno eso ya pasó también.

Con la edad de siete años llevo la burra a darle de beber, había una cuesta abajo y me cayó, di con la cabeza en unos riscos y toda la cara llena de cortes.

Fui a la escuela al otro día y me vio mi abuela, cuando me dice:

- “Hijo mío, ¿qué te ha pasado?”

- “Abuela, que la burra me ha caído”

Y me dice:

- “¡El dulce nombre de Jesús!”.

Bueno, pues también pasó, pero ahí vi una luz cuando di con la cabeza en los riscos, ¡vi un relámpago!

Pues en los siete y ocho años me caí de un naranjo, y cuando estaba en el suelo echaba unos chorros de sangre por los dos agujeros de la nariz. Pero también pasó.

Sobre esa época ya no recuerdo muy bien. Iba con mis padres de la Huerta para Traslasierra, y antes de llegar a La Trinchera, había un quilómetro que era el 55. Iba yo haciendo el coche, tropiezo ¿y a dónde voy a dar?, ¡con la cabeza sobre el quilómetro!

Me hice un corte en la frente de un lado para el otro, y en la aldea, en la tienda de un tío mío, me echaba azúcar para cortar la sangre.

Una mañana salgo de la Huerta con mis ovejas, y por bajo de La Zapatera, una cerca que se llama La Cerca Rocha, me cayó una tormenta de Padre Señor Nuestro.

Para ir a la Cañada de la Guitarra había que pasar un barranco que viene de La Mimbrera y llevaba bastante agua. Las madres avanzaban con el salto, pero los corderitos no, y eran 14 los que había.

Por debajo de aquello más estrecho había un charco que me llegaba a mí por la tetilla el agua. No podía levantar los pies, sino me daba el agua el tumbo, porque al meterme en el charco era para echarle mano a lo que se llevaba la corriente, pero los salvé a todos, los 14 corderos.

Cuando salí del charco echo mano a llorar con un ataque de nervios. Pero en fin, ya pasó, eso con la edad de unos 13 años.

Bueno, otro día estaba arando en el llano de la Fuente y me pongo a apretarle un fulmón[1] a la vertedera[2]. Se escapa la llave, que era una llave inglesa de las chicas, y la uña del dedo corazón allí la dejé en el surco.

Bueno, y ahora estaba lloviznando, como para empezar a nevar.

Los cabestros de las bestias eran de cáñamo. Estaban apretados como ellos solos y había que desenganchar. Yo con mi manita debajo del sobaco para calentarla y como pude desenganché, eso ya con los 20 años.

La primera vez que vi la Semana Santa fue antes de la Guerra Civil Española.

Entonces todavía la urna donde iba el Señor metido no se había quemado, eso fue al poco tiempo.

Me acuerdo que yo vine a verla con mi hermano. Estaba un día que quemaba el sol, y un niño me decía

-“Mira cómo se le ven las pezuñas”,

en vez de decir:

-“Mira cómo se le ven los pies”.

Ya ha muerto hace muchos años.

Bueno, yo con mis ocho o nueve años, salimos tras la procesión hasta llegar al Sepulcro, y me acuerdo que, como era tan bajo y tan chiquinino, un hombre me cogió y me monto en sus hombros. Yo digo ahora que sería alguno de la familia o algún conocido.

Bueno y cuando se acabó otro día me acuerdo que mi madre nos trajo a mi hermana para que viéramos la feria, y mi padre nos trajo hasta el Cabezo Martín, y de allí se volvió él para la Huerta y nosotros nos vinimos a la feria, pero me acuerdo que en el Paseo Redondo había un señor friendo boquerones en un perol muy grande, y tenía unos bollitos de pan. Le metía unos cuantos boquerones al bollo y a comérmelo, ¡que estaban riquísimos así!, o sería el hambre que yo tenía.

Me acuerdo que los caballitos que había, había que empujarlos. No es como los de hoy que andan con corriente eléctrica. Los empujábamos unos cuantos zagales de quince o dieciseis años, y cuando tomaban fuerza se sentaban en la tarima y daban cuatro o cinco vueltas y no pagaban.

Luego también había un tren eléctrico y uno con una escoba de palma dándole escobazos a los críos. Decían que era la bruja.

Luego en la puerta del ayuntamiento ponían muchos puestos de mochila y zajones que eran preciosos.

Luego más adelante dejaron de venir, y allí había un fotógrafo con un caballito de cartón para retratar a los críos.

Pues bien, en Traslasierra pasé una Noche Buena con los críos más de mi edad: Rafael, José María, Eladio y yo, Santiago. Bueno de niñas Ángeles, Lucía, Virginia y Manuela en la calle Camino, en casa de mi primo Primitivo. Cuando pasó la feria de Zalamea todos los domingos poníamos dos reales hasta llegar a esa fecha. ¡No se nos hacía largo ese tiempo!

Me acuerdo que se hizo un guiso de patatas con un poco de lomo, pero la Lucía (que ya ha muerto) con 13 años, todo se volvía decir:

-“Vamos a echarle agua al guiso para que no se queme”

Ya ves, con el agua que sueltan las patatas. Así que hubo que migarle pan y el lomo nadaba por el lebrillo como los peces en el mar.

A las cuatro de la mañana me da a mí por coger el lebrillo, ya vació, nada más que con las cucharas dentro, pero el lebrillo estaba un poquillo rajado y se cerró en mis manos, y queríamos ir a El Campillo para que lo alañaran[3].

Menos conocimiento que mi burra, porque decía mi prima Virginia que su madre lo tenía en estima, que era de su abuela y para que no le riñera. Pero haber, un día de Navidad iba a estar el alañador dispuesto para alañar el lebrillo.

José María se llevó un cubo de caldo para los perros de su abuelo, y el lebrillo se quedó sin aviar.

Luego llega la hora de hacer los pestiños, pero aquello eran tortilla en vez de pestiños, ni estaban liudos[4] ni nada.

Se comían por la mucha hambre que teníamos todos, pero no porque estaban buenos.

Bueno una mañana salgo de la Huerta a buscar gurumelos[5]. Sobre el mes de marzo, ahí por la cerca de Don José, que es donde están sembrados los eucaliptos, por bajo de la Huerta Grande que era la Huerta de la Bruna, de ahí pasé a La Cantina, que eso lo conocía yo bien.

Luego pasé a La Mimbrera a la Sierra Colorá, sobre las dos del día, y allí me encuentro con mi primo Juan José y me dice:

- “Primo ¿vamos a los ríos?”

-“Como quieras”.

Y pasamos el rió que viene de la Corta Atalaya y nos fuimos alejando, y me dice:

-“Ahí, del Odiel para allá, se crían muchos”

y yo le dije que yo en el rió no me metía. Dice:

- “Yo te monto en borrica para que tú no te mojes por abajo”.

Pero él metió el pie en un hoyo, metió el zapato derecho en el agua porque iba turbia y no se veía a dónde pisaba.

Bueno ya iba la cesta casi llena y se nos puso el sol al pie de Soloviejo, y ahora, para llegar a la Huerta hacía falta casi hora y media, y cuando yo llegué a la curva que está por encima de la Huerta iba mi hermana a buscarme, que ya estaba mi padre que no cabía en casa. Dice:

- “La que te va a dar tu padre”,

y era con mucha justa razón, porque salí a las nueve de la mañana y eran muchas horas ausente. Pero quedó en la riña y no me sacudió.

La ignorancia trae todas estas cosas. Pero al otro día gurumelos con cebollas, chorizo y huevo, una buena comida, allí en nuestra mesita chica al pie de la candela poco bien.

Anoche[6] hablé con una prima que tengo en Huelva que tiene setenta y nueve años, y hace seis años que está en una silla de ruedas.

Desde que tenía seis o ocho años ya se vino a La Huerta. Allí asábamos castañas, jugábamos a las cartas, y a las nueve o diez a la cama. ¡Lo pasábamos bomba!

Yo era más chico que ella tres años, ella era de la edad de mi hermana, que hace un año que murió.

Así que los tres allí, sentados a la candela como tres gatillos.

Un día me acuerdo que me fui a quedar con ella a Traslasierra, y mis hermanos, como mi padre no los dejó, estuvieron sin hablarme tres días. Ya ves, y mi tía Eloísa, que así se llamaba la madre de mi prima María, no tenía comida ni para ellos… pero las cosas de la niñez.

Ella tenía tres hermanas, y las tres estaban sirviendo, porque a su padre le gustaba mucho el aguardiente.

Mi tía iba todos los días por una carga de leña para las panaderías de El Campillo y le daban tres pesetas[7], pero seis reales[8] eran para aguardiente, y los otros seis para comer. Y ahí eso era todos los días, en invierno y en verano, de Traslasierra al Campillo, por la leña iba allá cerca del puerto, a la Sierra Blanca, así que se metía un hartón de andar todos los días.

Murió muy joven, cincuenta y nueve o sesenta años. De cuatro hermanas que eran y no quedaba más que ella, como me pasa a mí, de tres que éramos ya no quedo nada más que yo. De seis quintos de la aldea ya sólo quedamos la Juliana del Campillo y yo, así que es lo que hay.

Hoy como siempre tiempo nublado y triste, por estar nublado, y frio, pero como dice el otro ¡ya vendrá el verano!

La primera vez que fui a Huelva fue cuando fui a la mili.

He estado también en Cádiz, en Madrid de paso, en Algeciras, en Ceuta, Tetuán y Larache, después en Barcelona seis veces… ¡ah! ¡que se me olvidaba, y también en Traslasierra!

Pero eso después de dejar de ser bravío, porque ante de los seis años era bravío, pero ya luego no, porque ya empecé a juntarme con los niños, y fueron los que me quitaron ese miedo que yo tenía. Porque yo a quien conocía era a mis padres y mis hermanos, así que cuando venían gente a la Huerta me escondía en la habitación de adentro y allí me hartaba de llorar y diciéndome yo mismo:

-“¡¡jurón, a la cueva!!”

Pero eso era porque mi padre me lo dijo una vez, y luego me lo decía yo mismo.

Mis padres tenían disgusto conmigo porque en la Huerta de la Bruna había una muchacha con diecinueve años y era lo mismo que yo[9]. A mí me han contado mis padres, que habían ido a ver si la podían ver, pero fue imposible, porque cuando sentía pasos se metía en una habitación de la casa y les echaba el cerrojo por dentro.

La Huerta de la Bruna es la que está por debajo de la Cerca de Don José que hoy está sembrada de eucaliptos. Por bajo se criaban muchos gurumelos.

Yo todo eso lo he andado con las ovejas con la edad de doce y catorce años. Me quité de la escuela a los nueve años y a guardar las ovejas.

Mi hermana y yo y el primer carnero, se llamaba “El Pajarito”, y entre mi hermana y yo lo enseñamos a dar trompazos ¡así que hicimos buena cosa! un día nos tuvo subido a los dos en una zahúrda[10] que había allí en el cabezo, ¡el bicho, con mas mala leche que un gitano! eso son cosas de la ignorancia.

A tres de enero del 2003 tiempo revuelto como todos los días.

La primera vez que fui a La Reina de los Ángeles fui andando, tenía trece años. Salimos de la aldea el día seis de septiembre a las tres de la tarde, hacía un calor horroroso. Las mujeres iban descalzas a cumplir sus promesas, porque fue en el tiempo de la Guerra Civil Española, y casi todas las familias tenían promesa de ver a la Virgen, unos por estar en el frente y otros porque le saqueaban las tiendas, que de todo eso había. Bueno, las que iban descalzas, el polvo de la orilla de la carretera les quemaban los pies, y si se iban por el medio, se los quemaban el alquitrán.

Luego, una prima mía iba dos kilómetros delante de la reunión, porque había hecho una promesa de no hablar hasta no ver a la Virgen, y esa era la forma de no hablar, y la que la iba acompañando era su madre.

Cuando oscureció nos perdimos por el camino y nos metimos en aquellos matorrales, las mujeres chillando y otras llorando, hasta que por fin encontramos el camino.

Otra vez que nos quedamos en Los Carrascos, que es un cortijo con unos baños, para curar a las gentes que padecía de dolores, y allí estaba uno de la aldea haciendo carbón, y allí nos quedamos.

Por la mañana salimos para la Ermita de los Ángeles, allí fue la primera vez que me monte yo en las cunitas, mi prima María y yo, y mientras cargaban las cunas que estaban vacías, mi prima y yo nos toco de estar parados en la cuna de arriba, ¡se veía desde allí el pueblo de Alhajar como si estuviera en un pozo!

Nos costó dos reales a cada uno.

Luego vimos doce palos para los fuegos artificiales y me acuerdo que el último decía: “¡Viva la Reina de los Ángeles!” una cosa preciosa, yo que no los había visto nunca me gustaron.

Después fui otra vez con veinte años. Así que después he ido muchas veces más, pero eso ha sido en coche, y se llega en media hora, pero en bestias salimos la primera vez que fui a las once, y llegamos a la Huerta a las doce. Ese día nos paramos a comer en el Barranco Bulicios que hay unas choperas muy buenas.

Esa vez fui también con mis padres y hermanos, la primera vez se le voló a mi padre la mascota[11] y no hubo forma de encontrarla, pero fue de noche así que se supone que se la escondieron.

Bueno, hay un letrero que todavía no se me ha olvidado, decía:

“El que suba a la peña y no rece una salve no es cristiano, ni andaluz, ni es español a su sangre”

En la curva de la Huerta, cuando iba mi madre y mi tío para la Plaza de Riotinto, un camión que venía de Alhajar había volcado en la curva de la Huerta y era de trigo de traspelo[12]. Entonces los hombres le dijeron a mi tío que si querían portear ese trigo a la casa de la Huerta, que ellos le abonaban el precio de las dos cargas. Así que el trigo se retiro de allí, pero mis padres no les cobraron nada, al otro día se vendió y punto concluido, y otro día que pasaron por allí les regalaron un queso. No fue mucho, pero fue una atención. Yo por aquel entonces me encontraba en el servicio militar, pero como dice el otro:

“Haz bien y no mires a quien”

Bueno hoy tres de Enero frio y lluviendo hasta medio día pero la tarde ha estado mejor.

Así que esto lo escribo de noche, así que cuando pase un rato, a cenar y a la duerma, y mañana vamos a ver lo que escribimos, algo habrá, así que buenas noches.

Bueno, como todos los días, vamos a ver qué tema nos acordamos hoy, ya va habiendo pocos porque se van apurando todos, pero alguno habrá… vamos a ver si nos acordamos de algo…

Un día estábamos guardando las bellotas mi hermano y yo en el Puerto Conejero, que hoy es de la mujer de Domingo el de la Melchora (que ya Domingo ha muerto), porque se las llevaban todas para cochinos cabras y ovejas. Y un día unos cuantos de zagales nos decían:

- “¡Subid para acá!

y ellos eran más y se bajaron del Cabezo de Ferre a pedradas limpias y nos llevaron casi hasta la Huerta, pero mi padre estaba allí, le dimos voces y le dijimos lo que pasaba. Mi padre, que tenia buena edad todavía, se monto en el caballo en pelo[13], y ellos, cuando lo vieron salir de la Huerta salieron corriendo para atrás, y mi padre no los encontró. Seguro que se escondieron en algún sitio mejor, porque si los llega a encontrar los pisotea con el caballo.

Otro día, estaban otros cogiendo bellotas, y les dijimos que las bellotas tenían amo, y vaya, se fue, pero nos dijo que nos iba a cortar el pescuezo (eso era para meternos miedo a mi hermana y a mí) era una poca vergüenza la que había…, eso antes de la guerra, y como no se guardaban, no dejaban ni una.

En la Cerca de José el guarda tirando tiros al aire para que la gente se fueran, porque los domingos que estaban los mineros en casa, era el colmo.

Me acuerdo que nos traíamos un barril de barro lleno de agua para beber, pero como se nos rompió, lo tiramos a un charcón para que mi padre no lo viera, porque si no nos relataba, pero no paso nada.

Por la feria tiraban los caballos que mataban los toros en la corrida, porque en aquel tiempo no les ponían peto, así que les metían las tripas pa´dentro, lo cosían un poco y arriba otra vez el picador, y aquello hedía a perros muertos porque allí los tiraban.

Yo estuve en Traslasierra diez años, hasta que me vine aquí[14]. Cuando vivíamos en la Huerta, que éramos niños, iba un panadero de Zalamea a llevar el pan a Traslasierra en una jaca y una angarilla[15], nos daba una voz desde la carretera y subíamos nosotros con una talega[16] a coger el pan que se necesitaba. Se llamaba Pepe Regerín. Entonces no había nada más que kilos y medios kilos, no es como ahora que tiene el pan más nombres que otra cosa, y nos costaba el kilo treinta céntimos, que eran tres monedas de cobre.

Los céntimos ya por esa fecha no se usaban, lo se usaban era la gorda y la chica: la gorda eran diez céntimos y la chica cinco. Yo los céntimos y las perras gordas no las llegue a usar, pero había una moneda de real con un agujero en el centro que era de veinticinco céntimos, las dos pesetas en plata, dos monedas muy chicas de dos reales, y las cinco pesetas de plata, que era un duro. Luego había billetes de papel de cincuenta pesetas y yo ya no me acuerdo de más de las que había.

Pero cuando vino la Guerra Civil Española la plata y el oro se lo llevaron para Suiza y Rusia,…decían, yo era muy chico en esa época, que solo tenía 10 años, ¡pero se hacían unas tostadas con esos panes de kilo que no me veas!

Me acuerdo que el bocadillo mío era que el pan mi madre lo mojaba en la puchera y lo ponía para arriba para que no escurriera, y ese era el bocadillo, ¡todo muy sano!; el pan de trigo, el tocino criado en casa y la morcilla, la costilla y todo, muy sano, las papas criadas con estiércol de las ovejas, y todo lo de la Huerta.

Tan solo conocí un año que se sembraron papas con guano. Mi padre decía que él mientras pudiera no le echaba guano a los naranjos, y así fue.

El estiércol de las ovejas se cava y se riega y nada más.

El maestro nuestro se llamaba Don Marcelo Pérez Soto y tenía hasta cuarenta y dos niños y niñas. Tenía una regla de castaño de tres dedos de ancha, con un agujero en una punta para colgarla, y nos decía:

- “La regla sirve para arreglar”

Un día estaba yo incorporándome para ver la tabla de multiplicar, y viene por detrás… ¡y me arreo un palmetazo en todo el culo, que me senté poco pronto en mi banco!

Un día nos dice:

- “Cuando vengáis de comer me tenéis que dar la lección de memoria”

Hasta que nos fuimos a comer, y luego a jugar a los bolinches[17], sin acordarnos de lo que nos dijo el maestro. Cuando entramos dice:

- “Fulano de tal y tal”

- “Presente”

- “La lección”

…allí encogido sin saber que contestar, y dice:

- “Y los bolinches[18] échalos en esa caja”

Cuando me toco a mí, que fui de los últimos, estaba la caja media de bolinches, y me llamo a mí la lección, pues lo mismo que ellos ¡los bolinches a la caja!, los míos eran de las porras de los alcornoques.

22 de Abril de 2003, día de mucho agua, serena y con tormenta, empezó por la mañana a las siete dejando a la una y media del día, y luego aguaceros, unos van y otros vienen, así hasta llegar a la noche.

Me llama mi hija, para ver si tenía agua para beber, y al rato la veo que entra por las puertas, cogió la cantimplora y el paraguas y se fue al pilar[19] con el paraguas pero de tanto llover estaba turbia pero eso no es malo porque ella se asienta, yo cuando he andado con las ovejas también la he bebido revuelta, y no pasa nada. Un día me ocurrió un percance; tenia sed y me puse de bruces en un barranquillo, y cuando anduve tres o cuatro metros ¡habían puesto una “priva”[20] de padre señor nuestro! ¡…pero ya había bebido! y la corriente se iba llevando la caca, que estaba al lado de la corriente, así que me lie a escupir ¡pero ya no había remedio! en fin en la vida pasa de todo.

Cuando vivía en la Huerta del Barranco, y había que ir a vender a Riotinto las cosas de la huerta, había que levantarse a las seis de la mañana, porque andando se echaba hora y media y mientras se aparejaba a la burra y se cargaba, se iba la media hora para estar en la plaza a las ocho. El material que se vendía eran naranjas, limones, limas, coles, lechuga, cebollas, espinacas, perejil, culantro, acelgas, hierba buena y alcauciles; eso en el invierno, y en verano: calabaza, pepinos, tomates, pimientos, habichuelas, berenjenas…, y a las 12 y media ya se recogía para venirse otra vez a la huerta. Si sobraba algo se lo dejábamos a alguno de los que tenían los puestos cerrados para no portearlo otra vez.

De aquí de Zalamea iba una mujer que se llamaba Fernanda y el marido Juan de la Huerta del Valle Redondo, e iba en una yegua, y se llevaba al niño montado en la yegua liado en una manta, luego allí lo dejaba en un puesto cerrado, porque allí si llovía no se mojaba.

Luego a los dieciocho años murió ese niño (que yo fui a ese entierro) después de tanto pasar para criarlo. Luego ese matrimonio se fue a Barcelona, y ya han muerto los dos… y esa es la vida, ¡con lo que paso esa madre para criar a ese niño!

Aquí nos conocíamos todos los hortelanos, eso fue antes de yo irme a Riotinto.

Cuando tenía unos catorce años me operaron de la apéndice en El Campillo, en casa de una tía mía que se llamaba Sampedro y el marido Santiago Pérez.

Esto fue sobre el año 39 o 40, sobre esa fecha, yo fui con tres niños más a por la mesa de operaciones a la Casa de Socorro, que era antes la clínica. Ellos no tenían hijos, el marido estaba de capataz en Alfredo, donde yo estuve tantos años (veintisiete años me lleve allí metido como las ratas para poder alimentar a mis tres hijos María Sampedro, Arsenio, y Santiago, el chico de los tres hermanos).

Me operaron 3 médicos Don Rafael, Don Enrique y Don Juan, un practicante, y una matrona, todos con trajes blancos. Me acuerdo que cuando me subí a la mesa de operaciones me pusieron una careta y me tapaba la boca y la nariz, que allí llevaba el cloroformo, porque antes no había anestesia, y en la ventana de la habitación pusieron a dos primas mías para que no se arrimara allí nadie. Luego me contaron ellas a mi cuando ya estaba bueno, que los intestinos los echaron en una palangana que era de china, y eso si lo vi yo echarle alcohol y darle fuego con una cerilla para desinfectarlo. Al techo se les puso colchas y sabanas blancas, eso sería por si había viento no fuera a caer alguna mota mientras estaba abierto.

Me cogieron siete puntos y a los siete días me dieron pescado cocido y arroz con leche, y antes de eso inyecciones para alimentarme, así que cuando me levante de la cama me tenían que agarrar mi madre y mi tía porque se me iba el cuerpo.

Por la operación le llevo Don Rafael a mi padre 300 pesetas, pero luego le llevo 100 pesetas más, porque decía que “había salido muy bien” y entonces mi padre le dijo a Don Rafael:

- “¡Y si muere el chiquillo me lleva usted 500 pesetas!”

Que contestó:

- “¡No hombre, no! ¿porque se iba a morir?

Así que eso es lo que paso, …y hoy ¡pronto me iba a poner en manos de ellos cuando en esos tiempos estaban pegaos!

¡Suerte que hubo!



[1] Fulmón: pieza de la vertedera.

[2]Vertedera: Especie de orejera que sirve para voltear y extender la tierra levantada por el arado

[3] Coser con grapas la rotura del lebrillo para repararlo.

[4] No habían fermentado, subido

[5] Seta comestible propia de la región

[6] Se refiere a la Nochebuena del año 2002.

[7] Tres pesetas equivalen a menos de dos céntimos de euro.

[8] Cada peseta tenía 2 reales.

[9] Se refiere a que ella también estaba bravía

[10] Edificación de piedra circular usada como cochinera

[11] sombrero

[12] Comercio ilegal, no declarado.

[13] Se refiere a que montó sin montura sobre al caballo

[14] A Zalamea la Real

[15] Cada una de las bolsas de las angarillas (armazón para transportar cosas delicadas)

[16] Saco o bolsa ancha y corta, de lienzo basto u otra tela, que sirve para llevar o guardar las cosas, a menudo el pan.

[17] canicas

[18] Canicas

[19] “El Pilar de las Indias” se trata de una fuente de agua de manantial, una de las muchas de Zalamea, de la que la familia lleva bebiendo toda la vida, al igual que muchas otras familias del pueblo.

[20] Alguien había hecho sus necesidades en el agua

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